martes, 16 de junio de 2009

Desastres varios

Ya, soy un desastre. Hace más de 4 meses puse en marcha este blog con la finalidad de organizar mis pensamientos y parar al menos una vez a la semana el camino en este vertiginoso mundo. Y sigo igual de histérica, un poco más desilusionada y sin saber, todavía, qué es lo que quiero. Porque yo, hace menos de un año, estaba segura que lo que más deseaba en este mundo era ser periodista. Y ahora resulta que cada día lo dudo más.

Mi salida del diario ha supuesto una importante crisis en mi identidad profesional. Han pasado ya más de ocho meses y, por más vueltas que le doy, sigo sin encontrar sentido a nada. Han sido más de cuatro años trabajando a tope, poniéndolo todo de mí. Y, como alguna vez ya he comentado, no esperaba que me dieran palmaditas en la espalda, pero tampoco que se olvidaran de mi existencia de la manera que lo han hecho. Tanto la empresa como algunos a quienes yo creía compañeros. El caso es que han pasado muchas cosas, demasiadas y, si bien no estoy segura de lo que quiero, sí creo saber lo que no quiero. Y no me quiero pasar los próximos cuatro años de mi vida mendigando suplencias que quizá no mejoren mi situación profesional en el futuro. No quiero pasarme el resto de mi futuro próximo pensando en si este mes trabajaré o no, en si me podré ir de vacaciones (por fin!!) con mi novio, en si me conviene pillar el paro o me volverán a llamar en seguida. Pensando en qué he hecho mal para que me toque estar así. Pensando en que no se merecen, sinceramente, que me deje los cuernos en su maldita empresa.

Lo cual no quiere decir que si me llaman este verano, no vaya. Porque sí, es cierto: el periódico es como un novio que te da mala vida. Lo odias, lo matarías, pero cuando te llama vuelves a él. Y, aparte de eso, estoy dispuesta a aceptar cualquier cosa antes que seguir donde estoy. Despacho sucio, trabajo engañoso, media jornada y ambiente de trabajo freak. Hay que darse cuenta: dos carreras para acabar así...

El tema está que, entre unas cosas y otras, me han hecho aborrecer el mundo periodístico. Estoy cansada de luchar para hacerme valer (coño, que yo valgo mogollón!!) y para hacerme un hueco para trabajar. Porque menuda farsa. Lo intuía, lo imaginaba, y hasta lo presencié, pero hasta que no lo he vivido no me lo he creído: que en este trabajo vales más por lo bien que caes que por lo bien que trabajas. Y yo, después de ocho meses de terapia conmigo misma, sé que trabajo bien; así que supongo que le debo de caer muy mal a alguien. Y a alguien que maneja, claro. O no, o a lo mejor es verdad y simplemente he tenido mala suerte. Pues qué gracia.

Menos mal que durante estos meses, a parte de sentirme fracasada e inútil las 24 horas del día, 7 días a la semana, he hecho algo que no sé si me servirá de mucho pero que me ha dado un punto de sosiego entre tanto asco laboral: me he sacado el CAP. Muy mal deben de estar las cosas para que me haga gracia plantarme delante de 30 niños con hormonas saliédoles de las orejas y esperar a que me insulten y me pongan motes de mal gusto. Pues sí: he estado muy mal.

Por lo demás, todo sigue igual. O no, esta vez me he llevado más palos, porque me han prometido más cosas que nunca se han llegado a cumplir. En el terreno laboral, me refiero. "Tú tranquila", te dicen. "Ten paciencia", te sueltan, como si ocho meses con sus respecivos días y sus correspondientes horas sin acabar siendo un sociópata no fueran una muestra de santa paciencia. Pobres, sabemos que lo hacen a buena fe. Pero claro, es fácil tener buena fe cuando tienes una nómina fija de más de 3000 euros al mes. Cuando sales de la carrera y tienes la puta suerte de entrar en un sitio enh el que disfrutas como una perra y en el que, encima, cobras un pastón. Cuando no llevas casi la mitad de tu vida llamando de puerta a puerta para buscarte las garrofas. Qué facil debe de ser, en esas condiciones, ser tan optimista, coño.

Mientras tanto, he tenido momentos muy malos y momentos menos malos. He tenido ansiedad, temblores, migrañas... lo que el cuerpo hace cuando tu mente ya no soporta tanta presión. He tenido la sensación de estar parada en medio de un camino en el que todo el mundo me adelanta. he creído que hay un ser sobrenatural que me está gastando una broma pesada. Me he sentido tan fracasada que he pensado que nunca me iba a recuperar. Porque sí, es fácil decírselo a una misma: soy feliz, tengo salud, una buena familia, un novio maravilloso y unos amigos que no me los merezco, ¿qué mas puedo pedir?... pero es que joder, el trabajo es lo que te ocupa el pensamiento la mayor parte del día. Y, si no tienes trabajo, ¿en qué piensas la mayor parte del día? Pues en eso: en que no tienes trabajo.

Mi prioridad ahora mismo es salir de donde estoy. Cada día me repito que no vuelvo. Especialmente cuando al jefe, cinco minutos antes de plegar, se le enciende la bombilla y me dice que hay tres breves por hacer. Ya me da igual trabajar de periodista o no. Entre unos y otros han conseguido que, hoy por hoy, lo que más me preocupe es tener una nómina y no una ilusión.

Me pregunto si alguna vez volverá.

jueves, 26 de febrero de 2009

El terror a la página en blanco

Pavor. Eso es lo que he sentido cuando me he plantado ante la pantalla, dispuesta a escribir la primera entrada de este blog. Sé que se trata de una sensación habitual en muchísima gente, pero en mí el pavor todavía me causa más pavor, porque soy periodista (se supone, quiero decir, porque ejerzo más bien poco) y estas cosas las debería tener superadas. Pero no.
Así que empezaré tratando de explicar el porqué de este espacio. No lo sé. Simplemente, necesito un escape en el que escribir. De nada y de todo en particular. Solo se trata de un desahogo, al menos esa es la intención. Y de una libreta donde poder encontrarme, donde poder entenderme. Porque sí, señores, yo no me entiendo. Estoy en una de esas épocas de la vida --y llevo así demasiado tiempo-- en las que la cabeza me funciona muchísimo más deprisa de lo que quisiera, pero no a la hora de pensar, sino a la hora de alimentar obsesiones, suposiciones y fantasmas del pasado. Demasiado tiempo viviendo demasiado deprisa. Y mi cerebro ya hacía tiempo que me pedía una tregua que creo que solo voy a saber darle escribiendo. Ha llegado el momento de parar, respirar, y volver la mirada hacia dentro, esta vez de verdad, porque lo he dicho cientos de veces y nunca lo he hecho. Soy una persona permanentemente acelerada. Hasta ahora, punto en el que la crisis --dichosa crisis...-- me ha relegado al paro, a la fosa común social.
Dicho esto, solo me queda decir que este blog no pretende sentar cátedra de ningún tipo, ni crear opinión, ni siquiera pretende hacerse entender, solo servir de vertedero de la porquería de mi cabeza, que no es poca. Lo digo porque quizá la providencia quiera que haya algún lector que cuando visite este espacio no entienda nada. La verdad, me da igual. El objetivo es entenderme yo.

Hace tres meses cumplí 30 años y tengo las mismas movidas mentales que cuando era adolescente. No sé si quiero madurar, pero quiero centrarme. A ver si esto me vale.